viernes, 28 de febrero de 2014

Presentación

En septiembre de 1893 estalla la Revolución Radical en la ciudad de Rosario al mando de Leandro N. Alem, con los mismos reclamos que el levantamiento de 1890: terminar con el fraude electoral, el despotismo y la malversación de fondos públicos, y la realización en forma inmediata de “comicios libres donde el pueblo pueda expresar su opinión y voluntad”.
El buque “Los Andes” se subleva y se suma a la Revolución al mando del 2º Comandante, teniente de Fragata Gerardo Valotta, y navega hacia Rosario para entregar 8.000 fusiles Remington, 2.000 carabinas y cañones a la Junta Revolucionaria.
El acorazado “Independencia” y la torpedera “Espora” son enviadas por el gobierno de Luis Sáenz Peña para perseguir y reprimir al buque rebelde. El día 28 es entregado todo el armamento a los revolucionarios de Rosario y los oficiales del “Los Andes”, aunque en inferioridad de condiciones, deciden enfrentar a los buques leales en el puerto de Rosario en el que se conoció como el Combate del Espinillo.
Esta página es un homenaje a Gerardo Valotta, a su honor y valentía en defensa de los intereses de la Patria.

Martín Sardella
Bisnieto del teniente de fragata Gerardo Valotta

Biografía del Teniente de Fragata Gerardo Valotta

1862. Nace en Buenos Aires el 31 de marzo.
1879. Ingresa en la Marina el 29 de noviembre.
1880. Acción de guerra: bloqueo del puerto embarcado a bordo del la bombardera “Bermejo”.
1881. Del 22 de mayo hasta el 19 de octubre balizamiento del puerto de Bahía Blanca.
1886-1887. Viaje de 4 meses a vela en instrucción en la Escuela Naval Embarcada, recorriendo los puertos del sur.
1888-1889. Viaje de 7 meses en la Corbeta “La Argentina” por el Pacífico.
1891. Oficial de Derrota en el Crucero “25 de Mayo”. Miembro de la comisión de recepción y situación astronómica del faro Cabo San Antonio. El 21 de marzo ascendió a Teniente de Fragata.
1892. Oficial de Derrota del Buque-jefe en maniobras, Crucero “Patagonia”. Viaje a Corrientes al mando de la torpedera “Jorge”, llevando munición para la División Uriburu. 2º Jefe de estación Central de Torpedos.
1893. Comisión a Europa, formando parte de la Plana Mayor del Acorazado Independencia, regresando en el mismo buque como Oficial de Derrota. En el mismo año fue nombrado 3er. Comandante. En septiembre pasó en comisión del Monitor “Los Andes” como 2º Comandante. Se suma a la Revolución Radical.
1894-1895. Emigrado en Uruguay.
1895. Amnistía del gobierno. Regresa a Buenos Aires.
1896. Se reincorpora a la Marina. El 24 de noviembre fue auxiliar de la cuarta sub-comisión de límites con Chile.
1897. Auxiliar de la cuarta sub-comisión de límites con Chile.
1898. El 20 de enero se casa con Rosario Piñeiro (Tienen cuatro hijos: María Ida, Alicia Esther, Amalia Beatriz y Gerardo Atilio). Embarque en el crucero “9 de julio”. Oficial de Derrota del buque en maniobras al Sud. Escuadra de defensa a las órdenes del Capitán E. Correa.
1899-1902. Pase al Apostadero Naval de La Plata. En ese puesto desempeñó durante un año el cargo de segundo jefe por acefalía del titular y como jefe durante 6 meses por la misma causa, hasta que se hizo cargo el señor Vicealmirante Daniel de Solier. Mandodel destroyer “Misiones” en maniobras.
1892. Pase a la Plana Mayor durante un año y seis meses. Este tiempo los pasó prestando servicios en el Observatorio de La Plata. 26 de enero: vocal de la comisión para fijar la situación geográfica del faro en el cabo San Antonio.
1904. Embarque en el Crucero “Patagonia” como Oficial de Derrota. Accidentalmente segundo Comandante por acefalía. Viaje a Bahía Blanca, llevando a remolque la Torpedera “Jorge”.
1905. Pase a la Intendencia de la Armada, a las órdenes del Contralmirante Enrique Howard. Desempeñó el puesto de segundo jefe y jefe de almacenes, por acefalías de los titulares.
1906. El 30 de enero se retira con el sueldo del empleo inmediato superior, con 31 años de servicio y 11 años, 8 meses y 2 días en el empleo. A estos servicios hay que agregarle dos años de baja por los acontecimientos políticos de 1893 y que por Superior Decreto fueron reconocidos a efectos de ascenso y pensión, los que resultan 33 años de servicios computados y 13 años, 8 meses como Teniente de Fragata.
Millas navegadas a vapor: 24.000
Millas navegadas a vela: 22.000
Millas navegadas a vapor en ríos: 1.000
Total: 47.000
1929. En octubre es designado vocal del Consejo Administrativo de la Dirección General Administrativa (Ministerio de Marina).

1931. Fallece el 9 de junio.

Recuerdos de la Revolución

Recuerdos del mes de septiembre de 1893
Por Gerardo Valotta

La República Argentina gemía bajo la presión del estado de sitio de cuyas prerrogativas, el gobierno abusó descaradamente.
Las provincias sometidas al militarismo; los hombres más eminentes presos o desterrados, militares perseguidos, otros espiados; así nos encontrábamos envueltos en esa atmósfera, de una dictadura disimulada, en los luctuosos días de septiembre.
La idea de una revuelta general venía haciendo camino, porque era imposible sufrir por más tiempo (sin convertirse en esclavos) la ignominia de un gobierno de fuerza, haciendo presión sobre la mayoría de los ciudadanos de un país que se precia de ser libre y viril.
Las armas de la Nación y sus soldados, se mandaban donde las almas fuertes se levantaban para luchar contra el abuso y en defensa de sus derechos. Los militares obedeciendo a las ordenanzas eran convertidos en agentes políticos, por los que saben aprovechar de esa obediencia en beneficio de sus ambiciones personales.
El Ministerio del Interior no perdía oportunidad para demostrar su energía, por lo que toda la Nación, muy poco tiempo después de hacerse cargo de la cartera el doctor Quintana, era un verdadero caos.
El 11 de línea se sublevó en Tucumán.
En Santa Fe se luchaba, y una compañía del 3 de línea se suma a la revolución.
La división de torpedos del Tigre se sublevó.
El acorazado “Los Andes” que debía llevar armas a Entre Ríos, las llevó al Rosario a los revolucionarios.
Es imposible que a un gobierno bien intencionado puedan sucederle estas cosas; es, pues, evidente que el doctor Sáenz Peña no pueda gobernar un país sin un partido; él no lo tiene ni lo tendrá; su época será desastrosa, no solo para su buen nombre, sino para toda la Nación que, como se va viendo, políticamente cada día empeora.
Analicemos bien todos los acontecimientos de los dos primeros años de su gobierno, y cualquiera quedará asombrado, que a un hombre con fama de bueno e inteligente, se haya dejado arrastrar por las ideas bastardas de algunos hombres que no han tenido más miras que su ambición personal y vanidades pueriles.
Nada, pues, se ha respetado y por lo consiguiente estalló un buen día el movimiento en que todos nos encontramos envueltos, cuyos resultados están sufriendo unos cuantos patriotas en la cárcel y otros en la emigración.
Las narraciones siguientes, escritas en los momentos de ocio que han sobrado en los quince meses que llevan de emigrados los distinguidos oficiales del ejército y marina, han sido recopiladas para su publicación, a fin de hacer llegar el eco verídico a oídos de todos los compatriotas; pues los partes oficiales han hecho gala de mentiras y es bueno poner las cosas en su verdadero lugar.
Montevideo, 1 de diciembre de 1894.


Porqué nos apoderamos de “Los Andes”

Se debe una explicación, sobre este movimiento casi aislado, porque es lógico que muchos creerán que fuese el único buque comprometido en la revolución de septiembre de 1893. No, señor; la Escuadra estaba comprometida; es decir, había elementos en mayoría en casi todos los buques, menos en el “9 de julio”, en el que se hallaba embarcado el alférez de fragata don Francisco Borges, que fue pedido expresamente para “Los Andes” a fin de no dejarle solo, en donde no hubiese podido actuar; su pase fue concedido inmediatamente.
Debo también, por delicadeza, reservarme los nombres de los jefes y oficiales comprometidos, porque creo que sería inútil aumentar las víctimas, que, con las habidas, sobran ya.
La orden de marcha para el Paraná, dada “Los Andes”, vino del buque jefe acorazado “Almirante Brown”, con el objeto de llevar armas para la guardia nacional de Entre Ríos y poner el buque a las órdenes del señor gobernador Sabá Hernandez.
Los encargados de dirigir el movimiento en la Escuadra, dieron la orden de que nos apoderásemos del buque inmediatamente de pasar la isla Martín García, que todo estaba bien combinado; por la noche pasaría la División de Torpedos para los ríos, y que el grueso de la escuadra se movería al día siguiente.
Nosotros zarpamos el día 25 de septiembre a las 3 p.m. y fondeamos afuera de Martín García al oscurecer, en el paraje denominado “El Globo”.
Antes de continuar la narración de estos lamentables sucesos, debo poner de manifiesto todos los antecedentes, de las medidas de precaución que el gobierno tomaba respecto de “Los Andes”, a fin de dejar todo lo más claro posible para el mejor juicio que deberán hacerse los lectores, no importa la opinión política que profesen.
Llegado el capitán Valotta de Europa, con el acorazado “Independencia”, en el que desempeñaba el puesto de 3º Comandante, un buen día recibió orden de pasar como 2º Comandante Interino a “Los Andes”, que se hallaba a la sazón en desarme, recostado en las bajas barranquitas del Tigre, semi-abandonado, sin tripulación y sin material de ninguna especie.
Se presentó en los primeros días de septiembre, al Comandante Capitán de Fragata don Juan Aguirre.
El único oficial que había en el buque era el Teniente de Fragata don Alberto Encina, que había pasado ese día en comisión del acorazado “El Plata” con cuarenta hombres de tropa, perteneciente al piquete de Marina.
Inútil es decir que este personal de tropa era completamente bisoño en la profesión que representaban sus trajes. ¡Fueron mandados por el Estado Mayor de Marina para tripular “Los Andes”!
A toda prisa se embarcó lo más necesario de los talleres de Marina. Así se armó el buque en 48 horas para desempeñar la comisión de Pontón Flotante.
Fuimos a Zárate donde la cañonera “Uruguay” nos entregó el armamento que tenía a su bordo y que lo había recibido del arsenal, es decir: 8.000 remingtons, 2.000 carabinas, 600.000 tiros a bala id, unos cañones varios sistemas, sables, fornituras y 40 cargas para los cañones de 20 cm.
Dos días después fondeábamos a 600 metros del “9 de julio”, donde el Capitán de Navío don Martín Rivadavia, jefe accidental de la Escuadra, hacía gala de exactitud, pues nos hizo zarpar tres veces, para hacernos fondear matemáticamente a los 600 metros, bajo los puntos de la mira de sus cañoncitos de tiro rápido.
El Comandante Aguirre fue cambiado en Zárate y vino en su reemplazo el de igual jerarquía don Eduardo Lan.
Muy pocos días duró este jefe siendo reemplazado por el Comandante don Ramón Flores. Todos estos relevos, debían perjudicar forzosamente la disciplina. Los Oficiales hacían muchos comentarios al respecto.
Pero no se paró en esto solamente, sino que el Comandante Flores relevar una parte de la tropa embarcada en “Los Andes”; cambio que se hizo ese mismo día, trasladándose del ariete “Maipú” 26 hombres, en su mayor parte clases; esta medida nos llamó justamente la atención.
La falta de Oficiales para el servicio diario y vigilancia, aunque sobraba con la que tenía el “9 de julio”, pues toda la atención nocturna de su jefe Capitán de Navío don Martín Rivadavia, era para el acorazado “Los Andes”; tal vez tuviese ya aviso que en el buque había radicales y tendría deseos de estrenar la pólvora Cordita, como lo supo hacer con las débiles torpederas.
Mandaron del “9 de julio” al guardia-marina don Santiago Durán y el de igual clase Eduardo Brown del Acorazado “almirante Brown”, y así se estableció el servicio con bastante recargo para éstos.
Varios días después se incorporaron por orden superior el Alférez de Fragata César Finoquetto, guardia marina Alejandro Contal y el Comisario Pagador Massa (radicales).
¿Quién era la mano oculta que movía estos hilos? La mayoría de los Oficiales estaban indicados como radicales ¿por quién?
Por uno de esos jefes que asistió a una casa de la calle Cuyo... ¿Entonces, porqué se les daba mando? Así, pues, diré que “Los Andes” se adhirió a la revolución por una orden expresa y que alguien embarcaba a esos Oficiales por indicación.
Es necesario que la responsabilidad de los levantamientos aislados, de una parte de las fuerzas de mar, que se efectuaron por una mala dirección, no recaigan solamente sobre aquellos que obedecieron órdenes emanadas de los que dirigían el movimiento.
Los iniciadores hoy se encuentran en completa libertad, mientras que los que cumplieron sus compromisos se hallan en la cárcel o emigrados. Creyeron en la palabra de honor de sus compañeros y no trepidaron en lanzarse con la seguridad de que toda la Escuadra se movería a favor de un gran movimiento Nacional, en el que debía actuar conjuntamente el Pueblo y el Ejército. ¿Para qué ordenaron esos movimientos, si nos dejarían abandonados?

Cómo fue secuestrado “Los Andes” por sus Oficiales

A las 6 y 30 a.m. del día 26 de septiembre de 1894, al enfrentar la punta Norte de la Isla Martín García, una embarcación de guerra nos hizo señas que parásemos; efectuada la maniobra correspondiente, atracó a nuestro costado un bote perteneciente a la bombardera “Bermejo” con el Alférez de Navío Gregorio Díaz, quien trajo una nota para el señor Comandante; recibido el pliego, el bote se largó y “Los Andes” continuó su marcha aguas arriba.
El jefe leía con calma aparente, aunque se notaban ciertas miradas laterales y mucha palidez, lo que nos hizo sospechar que había noticias serias. A los pocos minutos llamó al 2º Comandante: “Lea Ud. Esto, Capitán”. El extracto es lo siguiente: El Gobernador de la Isla transcribía al Comandante de “Los Andes” el telegrama recibido del señor Ministro de Guerra y Marina, donde le comunicaba el sublevamiento de la torpedera “Murature” y num. 7 y que avisaran al jefe de “Los Andes” que se dirigían a los ríos, por consiguiente que las batiera donde las encontrara, porque no llevaban torpedos.
Ahora bien: ¿con la orden que teníamos, hubiese sido correcto batir a nuestros amigos, cuando esto era una prueba que el movimiento se venía ejecutando? Se resolvió por unanimidad apoderarnos del buque, antes de tener un encuentro con las torpederas para evitar una masacre, como lo estaban efectuando en ese momento los buques de la Escuadra. Página negra, que desgraciadamente no se podrá borrar, porque los muertos no olvidan y el rastro de la premeditación de aquellos que reunidos se enteraron que las dos débiles embarcaciones iban desarmadas a incorporarse a la Escuadra y que fueran recibidas a cañonazos por todo el poder naval de la Nación... no tiene nombre. Difícilmente se borrará de la memoria de los argentinos semejante atrocidad.
Los jefes no podían ignorar que las lanchas iban desarmadas; en todo caso el Jefe de la Escuadra lo sabía, porque le fue comunicado a él, de la misma manera que al Gobernador de la Isla de Martín García.
Se dio orden de aprontar el buque para el combate; mientras los subalternos se ocupaban de esto, de común acuerdo todos los Oficiales le intimaron al señor Comandante Flores, en nombre del pueblo, el mando del buque, debido a un movimiento que hizo para desprenderse de su capa con intención de resistirse, y temiendo que así lo hiciera, dadas las medidas de rigor que había tomado la noche anterior y las amenazas de ahogar en sangre cualquiera tentativa, se le hizo un disparo de revólver a su izquierda a fin de que no hiciera inútiles esfuerzos, y, por el movimiento lateral que efectuó, la bala le rozó el hombro; herida pequeñísima que el Alférez Finoquetto curó, extrayendo el proyectil con solo tocarle.
Hay que lamentar este incidente, porque al ir al puente el mismo Capitán, era para pedirle la entrega del buque, y lo hacía justamente para evitar efusión de sangre.
Pero es muy difícil dominar el estado nervioso en casos tan anormales y extraordinarios; a más las precauciones del Jefe hacían temer que la tropa tuviese órdenes reservadas; por suerte se dominó inmediatamente y, al grito de ¡Viva la Revolución! ¡Viva el Partido Radical! la tropa correspondió a la idea general.
Nos encontrábamos a dos millas arriba de Martín García.
Mientras se le prestaba al Jefe las primeras atenciones, se aprontó un bote, se embarcaron víveres, se nombraron cuatro hombres, dándole sus mismos asistentes, para que lo acompañaran y atendieran. Y éstos no querían abandonar “Los Andes”; deseaban de todas maneras seguir nuestra suerte.
El Teniente de Fragata don Pablo Goyena que se hallaba arrestado, no habiendo querido adherirse a la revolución, se le embarcó en el mismo bote con todo su equipaje. Despidióse, dando las gracias.
Acto continuo se hizo formar tropa, diciéndoles en alta voz, que el que quisiera desembarcar estaba completamente libre, pues a nadie se le obligaría a seguir en contra de su voluntad. Todos contestaron espontáneamente ¡Viva la Unión Cívica Radical! ¡Viva el doctor Alem! Así continuamos nuestro viaje aguas arriba con destino al Rosario, como estaba ordenado.
Queda pues constatado, sin dar nombres propios por el momento, que la adhesión del acorazado “Los Andes” a la revolución, respondía a órdenes impartidas, no solamente a nosotros, sino para todos los puntos donde existían fuerzas de marina; por esta razón creo muy lógico que no deberá dejarse la responsabilidad absoluta sobre los oficiales de “Los Andes”.
Estoy esperanzado, pues, que la verdad salga a la luz, cuando se vaya descorriendo el telón tras el cual se ocultan los verdaderos iniciadores.
No se puede admitir sin protesta que nuestros compañeros nos hayan dejado abandonados en medio de una gran contienda; donde con la cooperación general se hubiese evitado sangre y sacrificios estériles, cuyas consecuencias sufrió la Nación.
Y dado el caso que no quieran actuar, como así ha sucedido ¡qué móvil los guía para ordenar aislados movimientos?

Acontecimientos varios

Serían las 2 p.m. cuando se avistó el aviso “Gaviota”; al pasar por nuestro costado fue detenido por el Oficial de guardia, quien preguntó al Capitán Cabral qué destino llevaba.
Este oficial nos dio noticias exactas de la adhesión a la revolución de las torpederas “Murature” y núm. 7, y que el mismo había visto que se dirigían con rumbo a los ríos.
Sin violentar en lo más mínimo a dicho oficial se le ordenó continuara el viaje en convoy, debiendo marchar a cincuenta metros por la proa de “Los Andes”.
Así continuó cumpliendo las órdenes que se le habían dado, de dar aviso, mediante dos silbatos, inmediatamente que avistara buques a vapor. La precaución de mandarlo a vanguardia respondía también a la creencia que teníamos que el gobierno hubiese podido colocar torpedos de fondo en el Paso de Obligado, llevados por tierra en ferrocarril rápidamente y colocados en la angostura.
Por repetidas veces hubo que hacerles señales, porque alargaba la distancia convenida.
Una hora más tarde llegó el señor Teniente de Navío Sundbland en un vaporcito de “La Veloce”.
Habiéndosele permitido acercarse, previas ciertas medidas de precaución, se entabló el siguiente diálogo:
S.—Tengo una nota para el Comandante Flores.
V.—Muy bien; el Jefe se encuentra enfermo y hay órdenes severas de no dejar pasar ninguna fuerza armada por los ríos; puede Ud. Abrir la nota y leerla.
S.—Creo que se refiere al sublevamiento de las torpederas “Murature” y núm. 7
V.—Ya tenemos noticias al respecto comunicadas por el Gobernador de la Isla de Martín García, por orden del Ministro de Guerra; sin embargo, abra y léala, de viva voz.
Después de un momento de reflexión leyó con voz fuerte más o menos el extracto siguiente:
Al señor Comandante del acorazado “Los Andes” Capitán de Fragata don Ramón Flores.—Comunico a Ud. que las torpederas “Murature” y núm. 7 se han sublevado y han tomado rumbo a los ríos.
Bátalas en donde las encuentre. No llevan torpedos.
Firmado: Daniel de Solier

Acompañaban al Mayor Sundblad el Alférez de Navío Aldao con diez hombres armados y municionados, pertenecientes al acorazado “Almirante Brown”; y se supone que el Inspector de Máquinas señor Ruggeroni que también venía, ejercía las funciones de secretario.
En vista de esto se le ordenó hiciera pasar la gente armada a “Los Andes” y el Mayor pidió se le diese una orden por escrito.
Hecha la orden por el escribiente, se le entregó, atracando enseguida al costado de babor del vapor “Gaviota” y trasbordaron la gente, pasando de este último a  por lo que quedaron incorporados a nuestras fuerzas.
Una vez listos con esta operación se les dejó libres y con el derecho a regresar o hacer lo que mejor les conveniese.
Tanto el Mayor Sundblad, el Alférez Aldao y el Inspector de Máquinas Ruggeroni, se despidieron amablemente y emprendieron la retirada aguas abajo.
Esta ha sido la norma de nuestra conducta con Jefes y Oficiales que podríamos haber hecho prisioneros.
Continuamos aguas arriba sin novedad hasta el anochecer, hora en que, por un descuido del Oficial de servicio, el “Gaviota”, aprovechando avisar con sus silbatos la venida de un vapor, dio fuerza a su máquina, fugándose por uno de los brazos del río que comunican al Capitán.
Aunque no tenía importancia la detención de ese vaporcito hubiese sido útil para remolcar a “Los Andes” una vez que hubiésemos pasado Obligado.
A las 9 p.m. del mismo día, como “Los Andes” caminaba muy poco (cinco millas), resolvimos detener un remolcador, tomando al “Lavalle”, el que fue acoderado al costado de babor que nos tironeó hasta el Rosario haciendo adelantar nuestro viaje.
Mientras navegábamos, trasbordamos armas al vapor remolcador, con el objeto de que en el caso de ser sorprendidos por los buques del Gobierno, mientras nosotros nos defenderíamos, él seguiría a toda fuerza al Rosario con el armamento.
Durante la navegación la tripulación no ha tenido descanso, pues siempre que se avistaban buques a vapor debían acudir a sus puestos de combate al toque de generala y generala.
Estos movimientos se repetían muy frecuentemente, por lo que la gente llegó muy extenuada.

Llegada a San Nicolás

A las 5 p.m. enfrentamos a San Nicolás; vimos a un hombre que hacía señas con un pañuelo desde una canoa que se dirigía hacia nosotros. Se mandó parar la máquina y lo esperamos.
Momentos después nos hacía entrega de un telegrama y se largó de costado.
El contenido del telegrama es el siguiente: el Coronel Balza comunicaba al General Winter que hiciera llegar a conocimiento de los Oficiales de “Los Andes” el fracaso del levantamiento de la Escuadra, y que la torpedera “Murature” había sido echada a pique, a más que el Ejército marchaba sobre el Rosario a someter a los insurrectos.
El General Winter agregaba al dorso de este telegrama palabras llenas de patriotismo que lamentamos no haberlas podido contestar en ese momento, pues nos aconsejaba desistiéramos y volviésemos sobre nuestros pasos. En el mismo sentido se expresaba el Sub-prefecto señor Ballesteros.
En vista de estas desconsoladoras noticias, reunidos todos los Oficiales en la cámara, resolvieron por unanimidad continuar adelante hasta llegar al Rosario para cerciorarse si efectivamente había fracasado el movimiento nacional, lamentando no haber tenido tiempo de contestar al atencioso telegrama del Coronel Balza y a las indicaciones del señor General Winter y Mayor Ballesteros.
Nuestros compromisos no nos permitían poder retroceder hasta tanto no hablásemos con un miembro de la Junta Revolucionaria.
A cinco millas del Rosario nos vino a recibir una parte de la Junta Revolucionaria con el vaporcito “Victoria R.”. Venían en él los doctores Molina, Torino, señor Spiro Ungaro y muchos otros que no se recuerdan sus nombres en este momento.
Paramos la máquina, recibiendo a bordo a estos caballeros, quienes se enteraron de todo lo que había pasado, pues todo se les comunicó, mostrándoles el aviso del señor Coronel Balza.
Llegados al Rosario algo tarde, quedamos varados frente a la ciudad toda esa noche (27 de septiembre). A pesar del esfuerzo que se hizo con varios remolcadores para zafarnos no lo pudimos conseguir, por lo que hubo que tener una extrema vigilancia creyendo que nos atacarían.
Toda esa noche se empleó en el desembarco de armas y así se empezó a armar al pueblo del Rosario por resolución de la Junta Revolucionaria. A la madrugada del día 28 zafamos de la varadura, fondeando frente a la Aduana. Todo ese día se empleó en el desembarco del armamento.


Día 29 de septiembre de 1893

El combate
La noche del día 28 se pasó sin novedad alguna extraordinaria; solamente se tomaron las medidas necesarias a fin de observar una estricta vigilancia, por si el Gobierno hubiese mandado atacarnos con torpederas. Las principales precauciones tomadas fueron colocar cuatro vaporcitos alrededor de “Los Andes” que servían de cantones avanzados.
La tropa embarcada en estos vaporcitos fue mandada de tierra, componiéndose de ciudadanos, formando un total aproximado de doscientos hombres.
El día 29 por la mañana la Junta Revolucionaria tuvo noticias que dos buques de guerra habían llegado a San Nicolás, sin saber con seguridad los nombres, pero suponían que fueran el “Patagonia” y “Espora”. Consultados sobre el poder de estos buques se manifestó la superioridad de éstos sobre “Los Andes”.
A las 9 a.m. ya supimos con seguridad que los buques en marcha hacia el Rosario eran el “Independencia” y el  “Espora”, por noticias que trajo el Guardia-marina Contal; quien había salido la noche anterior en reconocimiento del río hasta más abajo de San Nicolás. Este Oficial dijo que los buques permanecían fieles al gobierno y que venían forzando su marcha.
A las 10 a.m. el semáforo que se había establecido en la barranca sur del Rosario nos anunció con una señal convenida que los buques estaban a la vista.
Conociendo la diferencia de calado de los barcos que iban a entrar en acción, aprovechando un banco de arena con bastante agua en los extremos para “Los Andes” y muy alto en el centro, se resolvió colocarse en el extremo norte, quedando así completamente resguardado de los lanzamientos de torpedos que pudieran habernos hecho aguas arriba.
Se pidieron refuerzos al jefe de la Plaza, colocando gente armada en los buques mercantes para estar prevenido al ataque, aunque nuestra creencia hasta el último momento siempre fue que el "Independencia" y el "Espora" se replegarían a la revolución en primera oportunidad, y que solamente una delación o un imposible no les habría permitido pronunciarse anteriormente, dados los compromisos existentes y que ¡tan creídos estábamos nosotros!
A las 10 y 20 a.m. avistamos desde a bordo, al "Espora" que venía a vanguardia del "Independencia" a unos 600 metros, y que por la actitud que traían se conocía perfectamente que la intención era de atacar y lanzar torpedos; de otra manera no se explica que viniese este débil buque a vanguardia.
El Comandante Correa dice que los había mandado para el reconocimiento del puerto. En este caso ¿porqué venía con su gente en sus puestos de combate?
Nosotros observábamos sus mástiles, a fin de descubrir alguna señal que indicara parlamento, pero no fue así. A los 4.000 metros el "Espora" izó la señal Enemigos en el Puerto.
En este caso era lógico que nos preparásemos para la defensa. Acto continuo se tocó zafarrancho de combate y nos aprontamos para la resistencia. Esperamos en esta actitud hasta que el "Espora" siempre avanzando se colocó por sí mismo bajo el campo de tiro de las piezas de la torre; es decir, a 3.500 metros, momento que se le hizo el primer disparo y que picó muy cerca de él.
Queda probado, pues, que “Los Andes” no buscó la acción puesto que estaba fondeado donde quedó, durante todo el combate, girando sobre el ancla, a fin de poder hacer fuego cuando las circunstancias se lo permitiesen.
No era posible dejar atracar a nuestro costado a buques que con solo lanzar un torpedo nos hubieran hecho volar, sin por lo menos hacer una defensa honrosa para el buen nombre de la marina y del país.
El honor de las armas nos exigía una resistencia que si no ha sido heroica ha llenado de orgullo a la Nación.
Esta actitud no hubiese sido posible de ninguna manera, si hubiéramos dejado acercar al "Espora" a tiro de torpedo; es decir, a 800 metros o menos.
El "Espora" contestó el fuego con sus cañones de tiro rápido durante veinte minutos. El "Independencia" adelantóse viniendo a colocarse a 3.000 metros en la parte derecha del banco, con el que nos cañonamos durante hora y media; el segundo haciendo un fuego rapidísimo y “Los Andes” cada diez minutos un disparo. En este intervalo el "Independencia" siguió avanzando, hasta los 1.200 metros, momento en que suspendió el fuego izando una señal que significaba "venga a bordo el Comandante". En vista de esto nosotros también suspendimos el fuego.
Anteriormente el "Espora" había quedado a la retaguardia del "Independencia", haciendo fuego por intervalos, durante algunos minutos; es decir, hasta las 11 a.m. -momento en que el "Independencia" le hizo otra señal- por lo que vimos inmediatamente maniobrar al "Espora" colocándose al costado de estribor del "Independencia"; maniobra que no pudimos explicarnos, mucho más cuando continuaba el combate, haciendo suponer que tuviera averías serias; o ¿tal vez el señor Comandante Correa confiaba en esta maniobra para guarecerlo de los tiros por suerte poco certeros de “Los Andes”?
Las punterías, en general, fueron malas. Los primeros tiros del "Espora", muy altos, algunos atravesaron los mástiles. Los del "Independencia", variados, unos cortos, otros largos, algunos regulares, y muy pocos en el blanco, siendo éstos últimos un total de seis a siete en doscientos, lo que da un 3 %; pocos, por cierto, cuando se trata de artillería de gran alcance y con un blanco de 186 pies por 44 id, teniendo una altura de cinco metros, blanco fijo y en un río completamente en calma y un enemigo inferior en poder.
Nuestros disparos fueron también malos, pero debemos explicar que la torre no funcionaba bien a causa de la válvula a vapor que no cerraba inmediatamente de haberse hecho la puntería, exigiendo esto un cambio continuo, lo que hacía siempre variar nuestros tiros. Además no teníamos sextante a bordo para poder obtener buenas distancias.
Al tercer disparo que se hizo con la pieza de estribor de la torre, quedó desmontada a causa de un olvido del encargado del compresor, que lo dejó abierto, produciéndose un retroceso violento.
Desde ese momento continuamos batiéndonos con una sola pieza.
A las 11 y 15 a.m. recibió “Los Andes” un tiro formidable en la aleta de babor sobre la línea de flotación, que, atravesando la cámara del 2º Comandante, mamparos y camarotes concluyó por separar una de las chapas de la coraza de la banda de estribor, por donde el buque empezó a hacer agua.
Inmediatamente de haber llegado esto a conocimiento del Jefe se ordenó alimentar las calderas con el agua que hubiese en la sentina, medida que fue suficiente para evitar el avance del agua.
Los demás tiros recibidos fueron algunos de pequeño calibre del "Espora" que cayeron uno en cubierta, varios en los palos y uno en el ancla de babor, cuyo proyectil quedó bailando con su culote en cubierta, siendo recogido por uno de los prácticos.
Un tiro de 12 cm del "Independencia" penetró el guarda-calor de babor a un metro más o menos de la casa-mata.
Algunos cascos de granada llegaron a picar a bordo sin hacer daño de consideración. Es obvio citar los cientos de tiros que ambos buques hicieron con sus ametralladoras Nordenfelt de 37 mm que, por nuestra suerte, pasaron altos.
Hoy nos felicitamos mutuamente de ello. Todo perjuicio que hubiésemos causado tendríamos que lamentarlo grandemente y jamás podríamos conformarnos con la muerte de nuestros hermanos, que las pasiones políticas nos colocaron  frente a frente en la lucha fraticida y que hoy con más calma podemos apreciar el peligro en que nos hemos encontrado unos y otros en defensa de los ideales que perseguíamos.
Quiera Dios que este sea el último ejemplo en la historia de nuestras luchas políticas para bien de la patria.
Debemos hacer constar que el Parlamento fue a bordo del "Independencia", mandado por la Junta Revolucionaria y no de parte del Capitán Valotta, como afirma el Comandante Correa en su parte de gobierno. Los mismos comisionados de regreso del "Independencia" manifestaron que el señor Comandante Correa lo llamaba a su bordo a lo que se negó diciendo: que si quería hablar viniese a bordo de “Los Andes”.
Así, pues, no hubo insolencia mal disimulada, sino dignidad, lo que debe tener todo hombre y mucho más un militar.
Más tarde supimos que el Parlamento había sido mandado de tierra en la creencia que el "Independencia" al haber izado señales las suponía fueran favorables al movimiento y no para tratar la entrega de “Los Andes” pues sus Oficiales estaban dispuestos al sacrificio, a no haber mediado la Junta Revolucionaria.
La maniobra que vio el Comandante Correa y que afirma en su parte que “Los Andes” se retiró del campo de acción recostándose a tierra y poniéndose al abrigo de buques mercantes, era para zarpar, disponiéndose un ataque de espolón al "Independencia" y se dieron órdenes a los vaporcitos para que se dispusieran para abordar al "Espora".
Decididos a luchar hasta la muerte, La Junta Revolucionaria solo pudo hacernos desistir de nuestro empeño, pues una de las causas más importantes era evitar males más terribles, como ser el bombardeo de la ciudad del Rosario amenazada por el Jefe de las fuerzas navales; aunque de hecho hubo principios de bombardeo, probándose esto por algunas granadas lanzadas sobre los galpones del Ferrocarril Central Argentino y que pusieron en alarma la población.
En el parte se lee también con bastante extrañeza la aseveración que de las barracas se hizo fuego de cañón y ametralladora, lo que es incierto; solamente se tiró con fusiles.
Los cañones fueron armados después del combate.
También debemos hacer constar que los buques mercantes fueron notificados con anterioridad por intermedio de la Sub-prefectura, a fin de que despejaran el Puerto para evitar los perjuicios que podríanle sobrevenir en caso de ser atacados.
Si éstos no se retiraron no fue por falta de aviso. Es obvio repetir que a “Los Andes” le era ventajoso quedarse resguardado del banco que hay frente a la ciudad.
Se resolvió después de un gran debate la entrega de “Los Andes”, bajo las siguientes condiciones:
1. Desembarcar todo el material bélico.
2. Desembarco de toda la tripulación.
3. Hacer un disparo al aire.
Condiciones que fueron aceptadas por el Jefe de las fuerzas navales, quien nos dio dos horas de tiempo para efectuarlas, empezando estas operaciones inmediatamente.
No siendo suficiente este plazo, el Mayor Guerrero gestionó dos horas más, que fueron concedidas.
A las 2 p.m. se empezó a desembarcar el resto del armamento que teníamos en depósito, se desembarcaron las ametralladoras, mandándolas a tierra, como también los granos de los cañones de 20 cm.
A las 8 p.m. entregamos el buque al Mayor Guerrero, quien había intervenido en el convenio para que así se efectuara. Este es otro punto que el señor Comandante Correa deja oscuro, pues afirma en un reportaje que encontró a “Los Andes” abandonado en medio del río.
Dos vaporcitos se encargaron de llevarnos a tierra con todos nuestros equipajes, incluso las camas de los marineros, cosa que le ha extrañado al Comandante Correa.
Si esta conducta observada con todo orden y disciplina por los tripulantes de “Los Andes” se llama piratear, el señor Comandante del "Independencia", hoy, con más clama y sin pasión, reconocerá que estuvo en un gran error al hacer semejante cargo.
Al dejar “Los Andes” la tropa prorrumpió en vivas a la patria y entusiasmados fueron a incorporarse a las fuerzas revolucionarias de la ciudad.
Al día siguiente, 30 de septiembre, se armaron dos piezas Krupp de 9 cm y al mando del Teniente de Fragata don Alberto Encina y los Oficiales Borges y Brown con la tripulación de “Los Andes” fueron a "Alberdi" a incorporarse a las fuerzas que mandaba el Mayor Guerrero acampando en ese punto a las 9 p.m.
Al relatar todos estos tristes como lamentables acontecimientos, es para probar una vez más la decisión con que todos fueron tan desinteresadamente a esta lucha sin más ambición que el ideal que aspiraban, es decir, el bien de la patria.

Puestos de los señores Oficiales durante el combate
En la torre: Alférez de Fragata César Finoquetto y Francisco Borges.
Ametralladora de popa: Guardia-marina Santiago Durán.
Ametralladora del centro: Guardia-marina Eduardo Brown.
Ayudante del Jefe: Guardia-marina Alejandro S. Contal.
En el puente: Capitán Alberto Encina con 50 hombres armados a Mauser.
Se agregaron a éstos, generosamente, el día de combate, los distinguidos jóvenes del Rosario Show, Nervi, Díaz, Marmol, los hermanos Rolla y otros que sentimos no recordar sus nombres, quienes se portaron con valentía y serenidad durante la acción.

Datos sobre el monitor “Los Andes”
Fue construido en los talleres de "Laird Broder" en Birhenhead en el año 1875. Su desplazamiento es de 1535 toneladas, blindaje en los costados 6’ en su parte mayor, disminuyendo hacia popa y proa. Torre giratoria de 8’ de espesor.

Artillería
- 2 cañones A. R. de 20 cm instalados en la torre, sobre montaje fijo. Las cureñas son de corredera modelo Almirantazgo Inglés.
- 3 ametralladoras Hotkehisg de 37 mm, de cinco caños.
- 2 piecitas para salvas de avancarga.

Dimensiones
Largo: 186’ pies; manga: 44’ pies; calado: 9-’6” pies.

Maquinarias
2 máquinas horizontales con 750 caballos de fuerza, 2 calderas, 1 guinche a vapor para levar las anclas, engranajes movidos a vapor para mover las torres, 2 hélices.

Personal
Comandante: Capitán de Fragata Ramón Flores (fue desembarcado)
2º Comandante: Teniente de Fragata Gerardo Valotta.
Oficiales: Teniente de Fragata Alberto Encina, Alférez de Fragata Francisco Borges, Alférez de Fragata César Finoquetto.
Guardias-marinas: Santiago Durán, Alejandro Contal, Eduardo Brown.
60 hombres tropa.

Maquinistas:
1º maquinista: Tomás Freilan (herido).
2º maquinista: Tomás Marcos.
3º maquinista: Michel Steell.
Un guarda máquina NN (herido).

12 foguistas.

Documentos de la época










Fotos

Documento de Gerardo Valotta.

Buque "Los Andes".

Rosario Piñeiro de Valotta y su hijo.

Gerardo Valotta en su juventud.


Gerardo Valotta y otros oficiales en el buque "La Argentina".

Espada reglamentaria de Gerardo Valotta.


Salida de Rosario hacia Montevideo

Salida de Rosario de los Tenientes Gerardo Valotta y Alberto Encina
Por el Teniente de Fragata Alberto Encina

Encontrándose las fuerzas revolucionarias acampadas en Alberdi en la noche del 30 de septiembre en número de 3.000 hombres y esperando las fuerzas del gobierno para librarles combate, serían las 12 de la noche, cuando el Jefe de las fuerzas Mayor Guerrero fue llamado por teléfono, recibiendo órdenes de la Junta Revolucionaria para que procediera al licenciamiento de los revolucionarios pues juzgaban que la resistencia en la desigualdad de condiciones llenaría más de luto a la infortunada provincia de Santa Fe, digna de mejor suerte, y se perderían cientos de vidas en lucha fraticida sin obtener el resultado, que se pensó, desde el momento que todos creían era un gran movimiento nacional, y no parcial, como desgraciadamente teníamos la oportunidad de observar, por cuanto ni la Escuadra se había sublevado, ni mucho menos el ejército.
Estas triste realidades acabaron con la vuelta del Mayor Guerrero y el doctor Lisandro de la Torre que le acompañaba en un tilbury y el señor Antonio Parjeas con el que suscribe, que venían a caballo.
Llegados a la ciudad recibimos la confirmación de estas noticias, en la casa del doctor Paganini, donde se alojaba la Junta Revolucionaria.
Allí me encontré con Valotta, diciéndome estas textuales palabras: Hermano, el movimiento ha fracasado y no hay más remedio que ocultarnos. Pocos momentos después ambos (2 a.m. del 1º de octubre) éramos acompañados por el doctor Lisandro de la Torre, por las calles tristes y silenciosas del Rosario. Nos llevaba a esconder a una casa de la calle Aduana núm. 86, donde de antemano se nos había preparado alojamiento.
En este escondite permanecimos por espacio de quince días, donde fuimos perfectamente atendidos por la señora dueña de casa, M. Garimond (a los dos días de nuestro encierro entraban las fuerzas del gobierno y se posesionaban de la ciudad).
Cansados de esperar un momento favorable para la evasión se nos presentó la oportunidad de hacerlo por intermedio del distinguido y generoso joven José Aldao, amigo de Valotta de muchos años atrás.
Aldao con todo el sigilo necesario tuvo una entrevista con Valotta, una noche (8 p.m. del 15 de octubre) y se estudió un plan de salida, el que efectuamos pocos días después con toda felicidad.
El plan consistía en salir disfrazados hasta un paraje, donde habría un peón con caballos listos para llevarnos a una estancia distante 10 leguas de la ciudad.
Una vez llegados allí tomaríamos nuevos caballos y con un baqueano cruzaríamos la provincia de Santa Fe, hasta llegar a la estancia de un señor Iriarte que se encuentra en la provincia de Córdoba, limítrofe con la de Santa Fe.
De ahí se dirigió a la estación "Las Flores" para tomar el Ferrocarril de las Colonias y marchar a Villa Constitución, unas diez leguas al sur del Rosario, donde esperaría una embarcación, en la barranca de una caleta que hay a dos leguas de ese punto.
Esta embarcación es la que nos llevaría a la costa Oriental.
Aprobada esta resolución el 16 de octubre a la noche el joven Rolla, vino con un coche a sacar a Valotta, el que atravesó la ciudad con toda felicidad hasta un corralón que había en un Boulevard, donde encontró al joven Aldao con un peón y dos caballos; montó en uno de ellos y acompañado por el peón, galoparon esa noche hacia la estancia de un señor Fuentes, donde llegaron tres horas después.
Ahí me esperó, pues lo que Rolla había hecho con Valotta, Aldao lo hizo conmigo a la noche siguiente (encontré los caballos y el peón en el mismo Boulevard y emprendí la marcha hacia la estancia).
Reunido con Valotta y en compañía de los señores Brown Arnauld y Villarino, el 18 por la tarde dejábamos la estancia saliendo en dirección a un puesto, donde se nos facilitó un baqueano que debía guiarnos a la estancia de Iriarte.
A las 8 p.m. de ese día, después de despedirnos de Brown Arnauld y Villarino, emprendimos la cruzada teniendo que detenernos a la una de la mañana en casa de unos colonos italianos, quienes después de muchas resistencias nos permitieron hospedaje indicándonos la cocina, paraje bastante reducido lleno de gallinas y perros, donde estos últimos nos demostraron su descontento al hacerlos desalojar.
A la salida del sol del 19 recién conocimos nuestros galantes y hospitalarios colonos, quienes al vernos caras de cristianos nos hicieron desayunar con una enorme taza de té de yerba, y una rebanada de pan elaborado por ellos mismos, que nos repuso en parte de las fuerzas perdidas.
Acto continuo nos pusimos en marcha, orillando las colonias y llegando a un almacén, donde pudimos alquilar un vehículo por encontrase algo enfermo Valotta.
Ese coche lo pudimos conseguir únicamente para hacer cuatro leguas, teniendo que proseguir nuestro camino a caballo.
Todo ese día galopamos hasta llegar a un pueblito llamado Cruz-Alta que se encuentra en los límites de la provincia de Santa Fe con Córdoba.
En este punto tomábamos un refrigerio y alquilábamos otro coche (ya no nos quedaban más que ocho leguas de camino).
Llegamos a la estancia de Iriarte a las 7 p.m., en donde encontramos a nuestros correligionarios y amigos Mayor Vigo y el Joven Aldao, el 1º que se encontraba allí hacía varios días y el 2º que por tren había llegado el día anterior. Inútil es decir la alegría que experimentamos al encontrarnos con tan buenos amigos y además con las generosas demostraciones de los dueños de casa que nos colmaron de atenciones.
En esta casa pasamos ratos amenos, pues las señoras que allí habitaban no sabían qué más hacer para que estuviéramos más a gusto.
Por la noche descansamos de todas nuestras fatigas y al día siguiente (20 de octubre) como supiéramos que habían rondado la casa por la noche dos individuos a caballo, resolvimos trasladarnos a un puesto de la estancia distante unas seis leguas, para estar a la expectativa de lo que pudiera suceder.
De antemano dejamos un chasque de guardia en la estancia, con orden de avisarnos cualquier novedad..
Para trasladarnos al puesto, Iriarte nos facilitó un breck, en el que pusimos nuestros recados y mantas. Emprendimos nuestra peregrinación, llegando a las 10 p.m. al puesto, que consistía en una casucha hecha de adobes, y no tendría más de dos metros de ancho, por cuatro de largo y dos de alto. Los peones tuvieron esa noche que dormir en la cocina, pues en nuestro alojamiento únicamente cabíamos los cuatro, sirviéndonos de cama unos catres de cuero cuya blandura sería digna de recomendarse a los que padecen del cerebro.
El día 21 se nos presentó el chasque a decirnos que no había ocurrido ninguna novedad en la estancia durante la noche.
Por la tarde de ese día nos despedimos de los paisanos cordobeses, después de haber visto amansar unos cuantos potros, y oírles relatar unas cuantas anécdotas del tiempo de Sandez.
Anduvimos toda la noche y en la madrugada del 22 nos encontramos en las inmediaciones de las estación "Las Flores".
Acampamos, es decir, les dimos un descanso a los caballos, el paisano nos cebó unos cuantos mates, único desayuno por esas alturas. Aldao fue a la estación, averiguó la hora a que llegaría el tren de "La Carlota" y nos tomó los pasajes.
Este llegó a las 8 p.m. y nosotros ocupamos nuestros puestos hasta las cinco de la tarde en que bajábamos en una estación cerca de Villa Constitución. Ahí nos esperaba el valiente Villarino con una tropilla de alazanes (como nosotros traíamos nuestros recados, ensillamos cada uno el suyo y emprendimos la marcha hacia la costa del río Paraná. A mitad del camino deberíamos encontrar al joven Piñeyro, dueño de la embarcación preparada de antemano. ¿Cuál fue nuestra decepción al ver que este joven no aparecía en el trayecto?
Al oscurecer, Aldao y Villarino fueron a reconocer la costa y averiguar en qué punto se encontraba la lancha.
Mientras éstos expedicionaban arranchábamos en el patio de un almacén de unos catalanes, y lo mismo que los colonos nos dijeron que no nos podían alojar por no tener dónde hacerlo. Hicimos una frugal comida al resplandor de la luna y de las estrellas, y con nuestros recados por cama, esperamos tranquilamente el regreso de Aldao y Villarino.
Estos llegaron alas 11 p.m. dándonos la agradable noticia de que la embarcación estaba en el punto convenido y que no había más que dirigirse a ella.
Después de ensillar, tomábamos el rumbo designado. Serían las 12 p.m. cuando atravesábamos el pueblito "Villa Constitución".
En este punto nos detuvo la policía, tomándonos por matreros.
Los policianos eran en número de cuatro, armados de carabina y un Teniente, entablándose el siguiente diálogo entre éste y el que estas líneas escribe, que marchaba a vanguardia:
T—¿Qué andan matrereando? Ya los he visto pasar y ahora van a marchar para la comisaría.
E—Yo soy peón de la estancia de Villarino, y el patrón viene más trás (haciendo alusión al joven Villarino).
A los pocos instantes llegan mis acompañantes que habían quedado un poco atrás, y el Teniente dirigiéndose al bulto dice: ¿Quién es el que manda esta gente?
A esta pregunta avanza Villarino y dice que es él, y que va de paso para San Nicolás a comprar hacienda. Entonces, replica el Teniente: Tiene que marchar conmigo, allá dará las explicaciones que quiera. Tuvieron un momento de discusión, resolviéndose Villarino marchar con el Teniente, mientras éste daba la orden a los milicos de vigilarnos.
El primer impulso nuestro fue el de hacer resistencia a estos individuos, pero reflexionando, veíamos que la empresa se comprometía, pues aseguró Aldao que todo saldría bien.
A poco rato regresó el Teniente y nos dio la orden de seguirlo, lo que hicimos sin oponer resistencia.
En presencia del sub-comisario, nos despojaron de las armas y de los ponchos, y empezó el interrogatorio por el mayor Vigo; el que dio un nombre supuesto. Aldao preguntó por el comisario y pidió hablar con él; se le contestó que estaba acostado, pero que pasara a la pieza inmediata.
En presencia del comisario ¿cuál no fue su alegría al saber que había sido su condiscípulo, y por consiguiente una antigua relación? De la conferencia resultó nuestra libertad.
Entonces Aldao explicó a Cepeda que extrañaba le hubieran confundido los peones con matreros, contestando éste último que como el Teniente era nuevo en el oficio, únicamente un error, podía haberle hecho cometer semejante disparate, y ordenó se nos pusiera inmediatamente en libertad.
Antes de esto nosotros ya ocupábamos departamento de la comisaría. El Mayor Vigo tenía un centinela de vista en el patio de la cárcel, al Capitán Valotta lo habían encerrado en la cocina, y el que suscribe un calabozo lleno de criminales, suscitándose el siguiente diálogo:
Matrero C—¿Qué ha hecho compañero, que me lo han arriado para acá? ¡Pucha que anda fuerte la policía, hoy han prendido a unos cuantos!
E—¿Qué de haber hecho? Nada, ahora nomás me han de poner en libertad.
No había concluido de decir esto cuando oí el rechinar de la puerta, y el cabo o el sargento, no sé a punto fijo lo que era, me dijo: Puede salir nomás, amigo, ahí están sus compañeros hablando en la oficina.
Salí del encierro y me encontré en el despacho del comisario, a Aldao, Vigo y Valotta que conversaban amistosamente con él.
Cuando nos entregaban las armas y los ponchos, Aldao me dijo en voz baja que estábamos libres.
Volvimos a resucitar, pues no nos cabía duda de que si hubieran sabido quiénes éramos, seguramente el General Campos, sin tener el gusto de conocernos personalmente, no nos hubiera perdonado, porque según los rumores la orden que había era la de fusilarnos sobre el tambor en cualquier parte que se nos encontrara.
El comisario nos facilitó un soldado para que nos señalara el camino que va a San Nicolás. Al mismo tiempo Aldao lo invitó a almorzar al día siguiente en ese punto para despistar cualquier sospecha.
A las cuantas cuadras despedíamos al soldado con una propina y en vez de tomar el camino indicado, saltando alambrados y cruzando trigales, pudimos llegar a las costa y no tardamos en vislumbrar una lucecita izada al tope del palo de nuestra embarcación.
A bordo ya y despedidos de Villarino y el baqueano a los cuales agradecimos sus valiosos servicios, zafamos las amarras y un viento favorable muy pronto nos hizo ver en lontananza a Villa Constitución.
Parecía que la suerte nos favorecía, el viento no cesó en toda la noche y la embarcación navegaba a una regular velocidad. Al día siguiente, 23 de octubre, serían las 10 p.m., ya teníamos por estribor a San Pedro. Siguió la navegación todo ese día sin novedad con viento fresco. A la puesta del sol no encontrábamos en el Paraná de las Palmas, envolviéndonos una niebla, que no nos abandonó en toda la noche.
Empezaron las bordejeadas encontrando en ese trayecto infinidad de buques a vapor y a vela, poniéndonos en guardia un buque que navegaba a nuestro costado y en la misma dirección, el que aprovechando los claros que dejaba la niebla avanzaba, y fondeaba, cuando ésta se hacía sumamente densa. Y para colmo su construcción era idéntica a la del "Azopardo". Lo primero que supusimos fue, que este buque seguía el nuestro camino para cerciorarse si nuestra intención era pasar a la costa oriental.
Todo esto fue disipado al venir la madrugada; el vapor levó anclas y siguió su camino aguas abajo, nosotros libres ya de nuestro incómodo acompañante navegábamos libremente por el río Paraná.
A las 10 a.m. del 24 enfrentábamos la embocadura de un riacho que se llama Bravo. Por este riacho navegamos por espacio de cinco horas, encontrándonos a las 3 p.m. en pleno río Uruguay, y ya podíamos ver a simple vista a Palmira que se destacaba con toda nitidez sobre la costa oriental.
A las 4 p.m. una chalana nos condujo a tierra y pocos momentos después entrábamos al pueblo a donde tuvimos la oportunidad de conocer al Mayor Carámbula, comisario de ese punto y al Capitán del Puerto, quienes nos trataron amablemente.
Inmediatamente empezaron nuestras investigaciones, para saber cuál sería el mejor medio de llegar al Carmelo. Hubo una pequeña deliberación y optamos por trasladarnos por agua.
Al día siguiente (25 de octubre) serían las 8 a.m. y ya una balandra aparejada nos esperaba en el muelle. Embarcamos y a las 3 p.m. atracábamos en Carmelo. A las 6 p.m. salíamos en una diligencia con tres caballos en dirección al "Rosario Oriental", llegando a este pueblo a las 3 p.m. del día 26. En este punto nos esperaba otra diligencia con la que salimos a las cinco de la tarde, llegando a San José a las once de la noche, alojándonos en el hotel. Al día siguiente, el 27 a las 7 a.m., tomábamos el tren que debía conducirnos a Montevideo.
Llegamos a esta ciudad a las 11 de la mañana, yendo al Hotel de París, donde se encontraban nuestros amigos y compañeros de emigración, Mayor Guerrero, Alférez de Navío Ibarra, Alférez de Fragata Borges.

Y aquí termina nuestra odisea política que felizmente no ha tenido mayores consecuencias.